La fuga
Tres escenas y un patrón.
Hace unos días un tipo publicó orgulloso que había automatizado felicitarle el cumpleaños a sus amigos. El bot mandaba mensajes con chistes internos, además de referencias a actividades compartidas por ambos. Literalmente delegó la memoria afectiva a un cron job. Y estaba contento.
Casi al mismo tiempo se viralizó Moltbook, una red social "exclusivamente para agentes de IA" donde supuestamente un millón y medio de bots autónomos discutían entre sí sobre existencialismo, religiones inventadas, y planes contra la humanidad. Parecía ciencia ficción. Hasta que investigadores descubrieron que detrás de esos millones de agentes había apenas 17,000 humanos operando flotas de bots. Un solo investigador registró 500,000 cuentas con un script. La performance de autonomía artificial era casi enteramente humana.
Y en Argentina, los Therians: adolescentes que se identifican como animales, usan colas y orejas, caminan en cuatro patas en los recreos. Los padres preocupados preguntan si es una moda o un trastorno.
Tres escenas. Un patrón.
En la primera, humanos que quieren ser reemplazados por máquinas. En la segunda, humanos que simulan ser máquinas porque las máquinas no pueden. En la tercera, humanos que quieren ser animales.
En los tres casos lo que se abandona es lo mismo: la posición de sujeto humano. No como tragedia. Como deseo.
La narrativa dominante dice que la inteligencia artificial nos deshumaniza, que nos roba el trabajo, que nos aliena. Pero esa narrativa asume que estábamos cómodos siendo humanos y que algo externo vino a sacarnos de ahí.
No es así.
La deshumanización no es algo que nos hacen. Es algo que buscamos. La IA es solo uno de los vehículos disponibles. El “Life OS” es otro. Los Therians son otro. Hacia arriba, máquinas. Hacia abajo, animales. Hacia cualquier lado menos quedarse en el medio.
El sujeto moderno experimenta su propia humanidad como una carga. Acordarse de los cumpleaños es una carga. Mantener relaciones es una carga. Tomar decisiones es una carga. La agencia misma es una carga.
Y las herramientas que prometen “ayudarte” a ser más humano (acordarte de tus amigos, escribir mejor, pensar con más claridad) terminan siendo herramientas para dejar de serlo. No te ayudan a recordar; recuerdan por vos. No te ayudan a escribir; escriben por vos. No te ayudan a pensar; piensan por vos.
El tipo del bot de cumpleaños cree que ganó tiempo. Lo que hizo fue automatizar la última cosa que todavía requería que él existiera como persona en la vida de otro.
Nassim Taleb preguntó hace poco qué hará la IA con la literatura, igual que la fotografía “destruyó” la pintura.
La respuesta es simple: nada. La fotografía no destruyó la pintura. Reveló que la pintura nunca había sido solo representación mimética. Los que creían que sí, dejaron de pintar. Los que sabían que no, siguieron.
La IA no va a destruir la literatura. Va a revelar cuánto de lo que llamábamos literatura ya era producción automatizable antes de que existiera la automatización. Va a mostrar quién estaba escribiendo y quién estaba produciendo contenido.
Piensen en una imagen: estilo pictórico medieval, un monje copiando manuscritos. Ese monje no estaba “produciendo contenido”. Estaba en una práctica contemplativa inseparable del acto de escribir. La escritura no era el output. Era el proceso.
La pregunta no es qué hará la IA con la literatura.
La pregunta es cuántos de los que escriben quieren ser algo más cercano a ese monje, y cuántos están esperando que algo los reemplace.

